Fin de trayecto

18 11 2009

Luz por los que ya no están. Santo Sepulcro, Jerusalén.

Los viajes se cierran de alguna manera, con una mirada por la ventanilla del avión, con un recuerdo fugaz mientras trabajas, o con un olor que asocias a otro momento y otro lugar, y que te hace saber, con más o menos cariño o dolor, que “ya no estás”.

En ocasiones, el broche a una experiencia es más tajante: hoy ha muerto Javier, nuestro huésped. El Javier con el que planeamos el viaje, sentados en una terraza, en España. El Javier que nos fue a buscar, como una madre a sus polluelos, según poníamos el pie en Jerusalén. El que nos enseñó la primera panorámica de las cúpulas. El que regateaba en árabe en los puestos del mercado, o hacía exégesis bíblica en servilletas de papel. El que comparaba etimologías en arameo y hebreo, pero también el que te sacaba la botella de agua fría de la nevera antes de que te diera tiempo a pedirla.

El Javier que a media tarde, sentados delante de casa y viendo pasar los jeeps judíos, te daba una franca, explícita y contundente opinión sobre la ocupación, el muro y estas gaitas. Y acto seguido te hacía ver la cara opuesta de la moneda, el argumento contrario, la opinión diversa. De todo el tiempo pasado con él creo recordar que, a pesar de su vehemencia, jamás se le escapó una sola barbaridad. A otros, con bastante menos conocimiento de causa (con menos amor, quizás) sí se nos escapaban pensamientos más gruesos.

Hoy ha muerto Javier; de pronto, se acabó. Su cuerpo, inexplicablemente, dijo “basta”. Ahora Javier pasará las tardes en el jardín con Dios, y terciará en las discusiones entre tomistas y agustinistas. Por pasar el rato, porque lo suyo es el arameo y la hermenéutica.

Hoy sé que el viaje ha concluido. Queda el estilo de Javier, su bonhomía, sus amigos -que son parte de él, ¿verdad, Antonio? -, su huella. Queda Jerusalén. Pero incluso esa, la dorada Jerusalén, no es más que un montón de piedras sin sentido si le quitamos las personas. Si le quitamos a Javier. Para él nuestro recuerdo.

Pablo

Salamanca, 18 de noviembre de 2009





Eufemismos

6 10 2008
Ramallah

Ramallah. Arafat empieza a desaparecer

Leía hace poco el texto de un activista español, muy de izquierdas, sobre su viaje a estas tierras. Y hablaba de que le tocó vivir una “acción de resistencia”. Que consistió en la voladura de un jeep de la policía de fronteras por parte de un comando palestino, con un muerto. El muerto en cuestión no sé si era druso o beduino, que los emplean los judíos en la policía porque no tienen complejos en zurrarles a los palestinos, que les han mirado siempre mal. Además del análisis, sencillote él (uniforme-malo, sea druso anatema, beduino sunní, o judío con pedigrí; palestino-libertad y amor), lo más llamativo era el eufemismo: ¿”Acción de resistencia”? Vamos a ver, llamar una acción de resistencia a una granada anticarro es forzar demasiado los conceptos. Acción de resistencia es lo que hace uno que prefiere ser arrastrado antes que ir por su propio pie. La diferencia es muy sutil, porque es “acción”, y por otro lado “de resistencia”. La resistencia es precisamente la acción negativa, actuar en contra, “inactuar”, o responder a “A” con “B”, no con “A”. A no ser que apliquemos la resistencia a las acciones de combate, a la guerrilla, que entonces la cosa cambia. Y a A le respondes con “A”, con “AA” o con “AAA”. Porque para sutilezas en combate, los judíos. Que distinguen sin dudar entre los sutiles matices de la preventive action y la paleta de colores de la preemptive action, y vaya si aplican las sutilezas. Que aunque en este caso forman parte de la extraña moralidad de la guerra, no son meros eufemismos.

Sin embargo, la acción de resistencia suele ser una manera de llamar finamente a lo que es un asesinato. Nos guste o no. Hemos sido testigos aquí de verdaderas acciones de resistencia: esposarse a una puerta para que los colonos no te desalojen de tu casa es una acción de resistencia. Lo otro, la granada es un atentado y un asesinato. Otra cosa es que seamos partidarios, por equis razones, del atentado y del asesinato, porque el otro lo haga antes o lo haga mejor, o lo vaya a hacer después. Eso, si queréis, lo discutimos. Ya sabéis que de razones andamos todos sobrados. Pero al pan, pan, y al vino, vino. Si un palestino mata en una “acción de resistencia”, está justificado. Pero si mata en un cruel asesinato, lo mismo alguien piensa que realmente ha sido moralmente reprobable. Hay todo un trasfondo intencional en el eufemismo. Dejémonos de categorizar abstracciones, de crear “sinergizaciones coyunturales”, de explicar con palabras complejas pensamientos muy simples, en lugar de hacer lo contrario: explicar conceptos complicados con palabras sencillas. Y si somos partidarios del asesinato -seamos judíos, palestinos, birmanos o de Palencia- pues lo decimos, y tan amigos. Pelillos a la mar.

Pablo





Dios y ADSL

5 10 2008
Linea disponible
Línea disponible
Linea saturada

Línea saturada

Todos me dicen que debería ser más ecuménico. Pero me alegro de que mi Dios tenga cobertura en los sitios más insospechados. Si el Dios de los judíos no tiene ADSL, hay momentos en que la línea se le va a sobrecargar.

Pablo





Estrella escondida

4 10 2008
Barrio Judio, Ciudad Vieja

Barrio Judío, Ciudad Vieja

Una de las mayores aficiones judías es plantar banderas, quizás por miedo a perder la cohesión nacional. Algo que no ocurre con los palestinos, que ponen carteles de chavales con Kalashnikov, otro día os pongo la foto. Pero eso es otra historia. No digo yo que no, que las banderas son bonitas, mas en su justa medida. Porque parece que Israel vive en una perenne fiesta de pueblo, con banderitas de plástico colgadas de cuerdas por todas las esquinas, y desde el más alto edificio oficial hasta el más bajo puesto de pipas, todos llevan banderita al viento.

Por eso, esta foto. Porque cuánto mayor encanto tiene esta estrella, escondida en el patio de una casa, que apenas se atisba entre las plantas al pasar por la calle. Has guardado la fe para ti, y por las obras te reconoceré como buena persona. No necesito de banderas, sino simplemente, al entrar y salir de casa, que este símbolo te (me, nos) recuerde “eh, tío, ¿has sido bueno?”. Quiero creer que está ahí por eso.  

Pablo





La Búsqueda

3 10 2008
Buscando, buscando

Buscando, buscando

El hombre se define porque busca, porque se reconoce limitado, contenido, y porque se distingue del mundo exterior. De hecho es maravilloso cuando el bebé comienza a separarse del mundo que le rodea, y comienza a reconocerse a sí mismo: yo no soy la cuna, ni el suelo, ni el techo. Mi mano es mía, la siento, este sonajero no soy yo, no lo siento. Incluso dado este paso, podemos dar el siguiente, que es el de com-padecerse, “padecer con”, volver a identificarnos con. Pero no nos liemos. Y vayamos a eso de la búsqueda.

Una supuesta conversación entre un soldado recién licenciado de un ejército cualquiera, y un rabino de cualquier religión:

-Rabino, he estado tres años sirviendo a mi patria, a mi pueblo, a mi Estado, a mi religión. He hecho cosas que me duelen en el alma, pero que me decían mis jefes que eran necesarias. He cumplido con lo terreno. ¿Qué debo hacer ahora para cumplir con lo trascendente? 

A lo que contesta el rabino: -Comprar dos congeladores, uno para carne, y otro para lácteos. Y dos pilas para lavar las dos vajillas, la de la carne y la de los lácteos. Y dos cuberterías, la de la carne y la de los lácteos. Y no comer jamás carne y lácteos conjuntamente.

La conversación es ficticia, pero lo de los congeladores es real. Si no demuestras la genealogía judía, el proceso de cualificación como tal, para una boda, por ejemplo (y aquí no existen las bodas civiles) dura varios meses, años incluso, bajo la supervisión de un rabino, que se fija en esas cosas. Cada año cientos de jóvenes recién licenciados de su servicio militar en Israel se marchan al extranjero por un año, a gastarse la paga, de un modo cuasi oficial, de tan corriente que es. Es curioso, muchos se van a la India, cuna de drogas y de espiritualidad. A seguir buscando, imagino.

Pablo





Cúpulas

2 10 2008
Cúpula de la Roca

Cúpula de la Roca

Un problema de cúpulas, tiene Jerusalén. Esta es una de ellas, si cabe la más impresionante, con cobre dorado donado por Hussein de Jordania (entre seis y siete millones de dólares), para reafirmar sus derechos de protección sobre los lugares santos del Islam. Desde la lejanía, destaca otra cúpula, la del Santo Sepulcro; a su vez, los judíos, carentes de cúpulas en la ciudad vieja, reconstruyen la sinagoga de Hurva, literalmente, “la ruina”, para tener su cúpula-símbolo. Mal presagio, de todas maneras, con semejante etimología.

Y es que de esto quería hablar. De las cúpulas grandes, mayores, gigantescas… y de su destrucción. En esta tierra hay un afán desmedido no sólo por asentarse uno mismo, sino por borrar los vestigios del paso anterior de cualquier otro. La Custodia de Tierra Santa ha elevado a la alcaldía de Jerusalén una protesta formal, porque en el Cenáculo de Cristo, antiguo convento franciscano, hay un asentamiento judío. Hasta aquí, todo dentro de la “normalidad”, salvo por el hecho de que como parte del asentamiento hay una sinagoga. Y como la sinagoga no puede soportar la cercanía de restos cristianos, los judíos se dedican con loable paciencia a eliminar metódicamente, piedrita a piedra, todo vestigio arqueológico del monasterio -hasta hace poco no sabían que los tres clavos en las jambas de las puertas eran un recuerdo de los tres clavos de Cristo, que los monjes clavaban allí. En cuanto lo supieron, empezaron a desaparecer-. El recinto no está cerrado, sino que grupos de turistas y peregrinos visitan el Cenáculo; por los rincones hay carteles, que indican que allí vive alquien (no me resisto a poner la foto de uno de ellos, ahí abajo os la dejo), y uno va paseando por el antiguo convento, convertido en vía pública. Como el destino es un cachondo, la comuna de colonos ha hecho un memorial de las víctimas del Holocausto en el viejo matadero de cerdos del monasterio. Aunque esta no es la mayor metedura de pata. Preguntad, preguntad por el homenaje a las víctimas de Masada, y luego me contáis.

La costumbre es común en el lugar: cuando en el 1948 la Legión Jordana tomó el control del barrio judío de la ciudad vieja (los palestinos no fueron jamás “libres”, siempre tuvieron la tutela de otro estado, y en esta vez les tocaba a los Jordanos), la Legión no sólo demolió la Hurva, sino todo el barrio judío. Hasta los cimientos, con una saña que recuerda la de nuestros vikingos de excursión por media Europa, a los alemanes de paseo por la otra media, o al teatral Delenda Est de Escipión, mientras va salando las humeantes ruinas de Cartago. Nuestros primos. Así que si la culta y vieja Europa ha caído, no hay por qué pensar que estos tampoco. Ni el dorado ni los carteles amenazantes, ni las protestas formales de los frailes protegerán de la destrucción. Esta ciudad es el ejemplo vivo de los ciclos del odio. Hoy construyo lo mío con una mano, mientras con la otra pulverizo tus restos. Así no hay cúpula que aguante.

Pablo  

Con cariño, a los profes de inglés

Con cariño, a los profes de inglés

 




Año 5769

1 10 2008
Rosh Hashana en el muro

Rosh Hashana en el muro

También es fiesta en Jerusalén occidental. En Israel. En las comunidades judías mundo adelante. Comienza un nuevo año, el 5769 desde que Dios creó el mundo. El estudio científico de los libros sagrados así lo atestigua. Que nadie lo dude. Así lo marca la Ley, así lo dicen los Libros. Javier, que comparte con nosotros mesa a menudo, y nos hace exégesis bíblica en las servilletas de papel emborronándolas con hebreo, arameo y griego, nos explicó una cosa curiosa, que aquí comparto.

La gran novedad del mensaje de Cristo fue el punto de aplicación de la fuerza. Los “otros grandes”, Confucio, Buda, Mahoma, Abraham, habían puesto o pondrían después el énfasis en aspectos externos a ellos. La Ley, el Camino, el Sendero. Pero sólo Jesús se señala a sí mismo y dice que Él es el camino. Parece una catequesis, pero nada más lejano de mi intención, os lo prometo. Además soy lego en estos temas, y va a llegar un teólogo de verdad a ponerme los puntos sobre las íes, lo veo venir.

Lo que sí sé, de fuente plenamente fiable, es que en Navidad, la Navidad cristiana, las iglesias en Israel se llenan de judíos laicos, que van a dejarse empapar de la mística de la alegría, del perdón, de la cercanía, de los villancicos. Del nacimiento de aquel que se opuso a la Ley y se señaló a sí mismo. Y esto no es teología, es un hecho social. Pasen y vean. É vero. ¿Conclusiones? No sé. O quizás sí, pero no las digo.

Pablo





Fin de Ramadán

30 09 2008
Fin del Ramadán

Fin del Ramadán

Primer día tras el Ramadán. Los chavales juegan en la calle, como todos los días, pero hoy algunos visten sus mejores galas. Los zapatos puede que molesten. La corbata no está del todo bien puesta. Pero todos posan para la foto. Dejan de jugar a “polis y palestinos” (verídico) y, pistola al cinto, componen la sonrisa. Qué miradas más sanas y alegres. Qué triste presagio el arma en el vientre. Casi dan ganas de comprarles unas peonzas para que jueguen a otra cosa.

Pablo





Consternación

29 09 2008
Mirando a levante. King David Hotel

Mirando a levante. King David Hotel

Hace unos días, como P. y un servidor somos ricos, decidimos dilapidar nuestra fortuna en tomarnos un café en el King David Hotel. En donde, por cierto, casi coincidimos con el hábil estratega español, el ministro Moratinos. Para que se hagan una idea del nivelazo. Del hotel.

Así que intentando sacudir el polvo de las botas sin que se notara demasiado, entramos con la cabeza bien alta, hasta la terraza ajardinada: ante nosotros se extendía la ciudad vieja, recostada sobre el inicio de la tarde. Una camarera servicial se acercó, breves y corteses indicaciones casi en silencio, y por arte de magia, todo un juego de té con pastas ante nosotros. El paisanaje, regularmente selecto. Algunas parejas de ancianos, algún turista inverosímil, algún peregrino de alto nivel. Todos adinerados, aunque no ostentosos. En este hotel no deben permitir cursis ni nuevos ricos. No sé cómo llegamos a entrar hasta aquí…

Mientras el té se va enfriando piensas en que hubiera sido muy cómodo ser corresponsal de guerra desde aquí. Y desde la terraza ver arder las líneas del frente. Ver pasar la historia. A fin de cuentas, el edificio tiene su aquel. Sede del cuartel general británico y del Gobierno Civil, vivió un brutal atentado a manos de los judíos del Irgún en 1946. A la salida hay una placa, que explica el asunto, y sobre la que ha habido discusión, pues los judíos afirman que hubo aviso de bomba, los británicos lo niegan. Conclusión: 91muertos, 45 heridos. A unos metros de donde paladeamos nuestro té azucarado.

Uno no va a entrar en polémica, no estuve allí, no sé si llamaron o no. No sé si el Irgún es, como dice Netanyahu, mejor que Hamas porque tiene moral. Lo que me llama la atención es la placa conmemorativa, que acaba con un “…to the Irgun’s regret…”. Es decir, “para consternación del Irgún” hubo tantos muertos y tantos heridos. Me van a enternecer, con tanta sensibilidad. Primero ponen una bomba que vuela siete plantas, cimientos incluidos, y luego dicen que no sabían que eso podía hacer pupa. Se me están saltando las lágrimas, de veras. Estoy emocionado de la humanidad y buen hacer de estos chicos.

Porque no íbamos a ser tan bestias como para pensar que lo que quería el Irgún era matar cuantos más británicos mejor, volar cuanto más edificio mejor, y echar a la pérfida Albión de Palestina cuanto antes mejor; eso queda mal en la foto. No sé cuál fue la idea primigenia de la bomba, pero según el cartel, es lo que ahora podría denominarse “atentado humanitario”. Se me están volviendo a subir las lágrimas de emoción.

Pablo





Monjas de Batalla

28 09 2008
Hermanas de la Caridad, Nablús

Hermanas de la Caridad, Nablús

Hace un par de días escribí, de refilón, sobre una subfamilia de monjas, las de Batalla, y algún correo he recibido sobre el asunto. Así que me prolijo. Monjas son todas, más o menos altas, más o menos guapas, más o menos todo. Vamos, como el resto del común de los mortales. Pero por los hechos las distinguimos. Las hay que se dedican a elaborar dulces, y las hay que tienen más redaños que todos los que leemos estas crónicas juntos. Lo cual no quiere decir que unas sean mejores que otras, quiere decir exactamente lo que está escrito.

Ambas sirven a Dios y a los Hombres, y cada cual encuentra su carisma donde puede o donde le da la gana. De hecho, hay más especialidades en el ramo, sin que lo de los dulces sea excluyente: de clausura y vida contemplativa, de enseñanza, de misión… Pero lo que sí es cierto, y causa asombro, es que la vida de estas Hermanitas de la Caridad las convierte en verdaderas monjas de batalla. Los Boinas Verdes de las monjas. La Joint Task Force de la cristiandad. 

Nunca he sido demasiado monjil, siempre he preferido a Jeremy Irons o Robert de Niro haciendo de jesuitas en el Paraná. Pero el que uno, quizá precisamente por carencia, aspire a estos modelos, no te vuelve ciego: esta comunidad de cinco hermanas, cada una de un lado del mundo, cuida de 17 enfermas mentales o minusválidas, y de una decena de niños en las mismas condiciones. Viven -sin internet ni televisión- de la caridad de sus vecinos o de lo que le manda la casa madre, que es igual de pobre que la casa hija. Según aparecemos por su puerta -sin avisar- tenemos en la mano un vaso de agua y otro de zumo, y sin pedirlo nos preparan una comida. Porque al caminante no se le desampara. Y uno se queda con un enorme nudo en la garganta y la sensación de estar quitándoles la comida de la boca. Para rematar la faena, la casa de la que hablamos está en Nablús, en el norte de la Cisjordania, feudo de Fatáh, vivero de Hamas. Estos son sus vecinos, los que les regalan fruta y patatas. El Ejército Israelí luchó desde su tejado contra las milicias de Hamas, mientras la comunidad se escondía en un cuartito. Les volaron una puerta a balazos. Cosas de la guerra. Pero su trabajo no es la guerra, y ellas siguen al pie del cañón (noten, noten el sutil juego de conceptos), atendiendo, como Teresa de Calcuta, al desamparado.

Aunque el desamparado lleve, a sus diez años, una camiseta con la foto de un terrorista barbudo que te encañona (esto es Palestina, aquí tienen estas cosas) y el crío apunte con una mano-pistola, dando vivas a Hamas; ante esto, las monjitas le revuelven el pelo, y con ojos llenos de infinito amor le ponen en la mano-pistola un cochecito de juguete. A priori, estas monjitas de batalla y mi Jeremy Irons son parecidas, pero hay una diferencia importante: estas son de verdad.

Pablo





Justos entre las Naciones

27 09 2008
Jardin de los Justos, Yad Vashem

Jardín de los Justos, Yad Vashem

Apenas unos datos:

Miguel Ángel Muguiro, Ángel Sanz Briz y Jorge Perlasca (Budapest): 5.200

Julio Palencia Tubau (Sofía): 150

Juan Schwartz Díaz Florez (Viena): -

José de Rojas y Moreno (Bucarest): 65

Bernardo Rolland de Miota (París): 2.000

Sebastián de Romero Radigales (Salónica): 517

José Ruiz Santaella (Berlín): -

Eduardo Propper de Callejón y Aristides de Sousa Mendes (Burdeos): 30.000

Cada grano de azúcar cuenta individualmente.

Pablo





El valor de la piedra

26 09 2008
El amanecer en la Cúpula Dorada

El amanecer en la Cúpula Dorada

El momento pide silencio a gritos. Así que nos callamos, para honrar a Dios y su creación, bajo los mil nombres que le reconocen, de las mil maneras que se le reza. Por este paupérrimo trozo de tierra, sílice convertido en muralla, cúpula más o lienzo de pared menos, dos pueblos chocan. Dos pueblos que son el mismo, por más que les pese. Y la gente se muere, en aras de ese pecado original del que nadie es culpable, porque todos tienen razones con pedigrí demostrado. Pero ninguna piedra vale una vida. Al final Dios reconocerá a los suyos, ya lo verás. Y todos tendremos un motivo para reirnos, tanto si nos toca de este como del otro lado de la línea. Pero de momento, en este amanecer, el que quiera, el que pueda, el que sepa, que rece por esta tierra y por sus gentes. Que de la ayuda humanitaria ya se ocupa la ONU, oenegés y monjitas de batalla. Y para matarse, ellos se bastan solos.

Pablo





La Mercedes Benz

25 09 2008
Volviendo a casa en taxi-sherut

Volviendo a casa en taxi-sherut

Como he notado cierto debate y algunas risas soterradas, que aún encima me las escribís al correo personal en lugar de dar la cara y ponerlas aquí, pues debo sostenello y aumentallo: lo más radical de este lugar no son los asesinos ni los extremistas. Son los conductores. Este no es el único país donde se aparca en doble fila. Pero nunca había visto, en una calle estrecha, aparcar un tráiler y un autobús en doble fila. Para ir a la frutería, ojo, detalle no poco importante.

La foto de hoy es del interior de uno de los sheruts que nos lleva a casa, sacada entre los asientos delanteros. Y esas lucecitas del techo son eso, lucecitas en el techo. Y el color azul no es que haya probado a darle a los botoncitos de la cámara a ver qué pasaba, es que es la “luz de ambiente”, a fogonazos. Uno se siente como si estuviera en Pachá, Ibiza la Nuit o cualquiera de esos antros de chunda chunda, si no fuera porque además vas dando bandazos, frenazos y derrapes. O que cuando bajas y le das un empujón a la puerta corredera, te sientes como Mister T en el Equipo A, solo que en mareado y pusilánime, dando gracias al cielo por llegar vivo. Además de que la furgoneta de Mister T no se iba dejando las piezas por el camino. Y ya me tocaría las narices tener que ir al hospital por una mierda de accidente, en vez de por un intento de atentado. Que es lo suyo y lo propio, de este sitio, no?

Tras darle muchas vueltas hemos llegado a la conclusión de que el causante de esta desgracia de conducción es un componente vírico: afecta a cualquier ciudadano de Jerusalén, especialmente en el oriental, donde no hay policía de tráfico. De hecho, muchas mañanas -el silencio, los pajaritos, un ligero remanente de frescor nocturno, el día desperezándose- nos acercan a la universidad tres Kikos, gente muy maja, occidentales ellos, pero que tienen una media de un susto y dos animaladas por viaje. En la última, no me pude contener. Entrábamos en un cruce, a la vez que una furgoneta: ”Diego, cuidado, que viene uno”, “Cuidado que no frena”, “Que no para!”, “Tío!”, “Aaaaah”. Era una Mercedes Benz, un tanto desastrada. Digo la marca no por publicidad, sino porque no se me olvidará la maldita estrella de tres puntas frenando a dos centímetros de la ventana del costado, mientras pasábamos triunfantes en la dura pugna, manteniendo nuestra dignidad a salvo. Hasta P. soltó algún improperio menor. A mí me salió del alma: “Diego, cabrón, conduces como un palestino”. Ahora, en frío, reconozco que me equivoqué y que puedo herir sensibilidades étnicas paritarias. Es cierto, los judíos, cuando pasan por el lado feo de la ciudad, conducen igual de mal.

Así que si dejo de escribir en el blog por un día, no os preocupéis. No habrá sido un atentado, ni un soldado majareta, ni nada por el estilo. Lo más probable es que esté sentado en una calle viendo cómo el disc-jockey de mi disco-sherut discute con otro conductor, porque se habrá empotrado contra un tráiler que iba a dos ruedas. O algo así.

Pablo





Banana Beach

24 09 2008
Banana Beach, Tel-Aviv

Banana Beach, Tel-Aviv

El nombre es lo de menos, se llama así por el hotel que tiene enfrente. Lo cual no deja de ser curioso, en un país de resonancias bíblicas. La playa en sí tampoco es nada del otro mundo. Es que una playa de aguas caldosas y sin mareas es como la leche desnatada, que sí, es leche. Pero no es lo mismo. No sé si me entienden. Si no, tampoco es para tanto. Cosas mías.

El caso es que estaba aquí sentado, contemplando la bandera deshilachada, y cómo estos judíos han convertido una playa normalucha en un paraíso turístico, cuando he pensado en que les estaba dando demasiada estopa a los judíos. Los estoy convirtiendo en los malos de la película, de tanta cera que les reparto. Y sin que esto sirva para justificar nada de lo que he escrito en días anteriores, quisiera hacer con vosotros -permitidme tutearos- un sencillo ejercicio. A cuento de la bondad, la maldad y la Historia.

Coged, plis, un puñado de azúcar. Venga, sí, en serio. Id a la cocina, y ponéoslo en la palma de la mano. Con un poco de cuidado, separad un grano. Parece ridículo, pero es posible. Y miradlo. Al principio os podéis sentir un tanto estúpidos, pero merece la pena. Apreciad cómo el grano brilla a la luz, dividido en facetas, se diría que es hasta diferente de los demás. Pues bien, ponedlo aparte. Y coged otro. Ya tienes dos. Dos granos casi diferentes, pero muy iguales. ¿Cuántos más tienes en la mano? Poco azúcar, ¿verdad? Pero si los separas en granos, uno, dos, tres, una familia, dos familias, se hace dificil contarlos. Es más sencillo decir un puñado, dos puñados, un kilo de azúcar. Pero no. Me interesan uno a uno. No ya que los mires, pero sepáralos. Y cuando tengas cinco o seis millones de granos individualizados, me avisas. Y los tiramos por la ventana. Es la Shoá.

El Holocausto no es un evento lejano, estadístico o histórico. Piensa en ti. En los que te rodean. En los que han comido contigo. En los que tocan el ratón y el teclado que estás tocando. En los que llamas familia y amigos. En los contactos del mésenger o del féisbuk. ¿Cuántos son? ¿20, 30? ¿50, quizás? ¿100, 200, todos juntos? Aún quedan muchos granos para llegar al millón. Pues todos esos, convertidos en ceniza. Líricamente, el espíritu esparcido a los vientos y derramado en las raíces de Europa. Sin poesía, más crudamente, se fueron por el sumidero directamente a las cloacas de la Historia. Sin motivo y sin razón. No hubo belleza ni heroismo en el asunto.

Los pueblos cambian, la historia -afortunadamente- no los determina. Las víctimas se pueden convertir en verdugos, y viceversa. No quiero decir que hoy los judíos exterminen palestinos. Quiero decir que cuando en los cuarenta y cincuenta llegaban barcos abarrotados a costas cercanas a estas, atrás dejaban cinco o seis millones de almas irrecuperables. Y eso hace que veas la vida con otros ojos. ¿Les da eso carta blanca para el futuro? Claro que no. Pero hace que uno comprenda el porqué -aunque no lo apruebe- de ciertos comportamientos. El apego a una tierra arisca, la lucha y la defensa de la vida, la importancia de los símbolos, como esta bandera deshilachada. En todo esto pensaba.

Ya verás. Hablo de seis millones de muertos, y voy a tener que responder a que si las playas del Mediterráneo son caldosas o no. Manda narices. Y no, no me he bañado, tenía una entrevista. Pero pienso bañarme. Y cuando lo haga, no me privaré de contarlo, con pelos y señales, caldoso o no, para que rabiéis. Ojo: seis millones, millón arriba, millón abajo.

Pablo 





Casa con dos puertas

23 09 2008
Familia Al Kurd, Sheik Jarrah

Familia Al Kurd, Sheik Jarrah

Difícil de guardar. Que se lo digan a estas señoras. Ahora, sólo una de las puertas lleva a su casa; la otra parte de la casa la han ocupado (¿okupado?) unos “colonos” urbanos judíos. Este barrio fue edificado por el Gobierno jordano para los refugiados palestinos del 48, en colaboración con las Naciones Unidas. Desde 1957 la familia Al Kurd vive aquí. Pero en el 1967, cayó en manos judías, con la ocupación de Cisjordania y Gaza. Inmediatamente varias asociaciones reclamaron la posesión de la tierra, Eretz Israel, basándose en antiguos derechos (familias judías habían abandonado la zona, en los años 20, bajo presión árabe), y se registró de nuevo en 1972 (!) a nombre de judíos, que comenzaron a exigir el pago de alquileres.

Tras muchas reclamaciones, el Registro de la Propiedad revocó, por inconsistentes, los registros de 1972… en 2006. Más vale tarde que nunca. Pero los jueces no opinan ni opinaron lo mismo, y se cursaron órdenes de expulsión para las familias palestinas. Los colonos vendieron sus “derechos” a una empresa que planea hacer un centro comercial y 200 “unidades de asentamiento”. Como el caso es sonrojante, la Corte Suprema lo está estudiando en profundidad, sin que por el momento se lleven a cabo las expulsiones. Pero sin esperar resoluciones, un grupo de colonos forzó la cerradura de la casa de los Al Kurd un día que no había nadie, y entró a vivir. Sin embargo, la casa está dividida en dos. En la parte de la derecha quedó una niña, que llamó a los parientes, y entre todos lograron conservar la parte derecha. El cómo lo dejo a la imaginación de ustedes. Desde ese día, la familia Al Kurd hace guardia por turno, delante de la otra mitad de su casa, en el patio. Si se despistan, se quedan sin techo. Y ahora, dos notas de color (negro):

1. Hay sentencia en firme de la Corte Suprema (del 25 de febrero de 2007) para el desalojo de los colonos israelíes de la casa de la familia Al Kurd, de tan doloso que es el asunto. Pero nadie en Israel parece haberse enterado. Ni los colonos, ni la policía, ni nadie. Porque un centro comercial no parece un asentamiento, en mitad del desierto, con sus alambradas y su polvo, y sus jeeps haciendo la ronda. Pero resulta que lo es. Técnicamente lo es. E Israel tiene prohibido hacerlos. Pero los hace.

2. Les preguntamos a los Al Kurd qué tal era la relación con los vecinos, si por lo menos se saludaban. Nos dijeron que no demasiado, porque cambian cada uno o dos años. Los ojos como platos, se nos quedaron. Resulta que no es que haya un judío sin techo, que lo necesite. Resulta que para una parte del pueblo judío, el “hacer de colono” es un servicio al país. Y lo hacen durante un tiempo. Es que a nadie le gusta vivir en un barrio dejado de la mano de Dios, entre el polvo y la suciedad, sin las comodidades de la modernidad. Claro que no. Por eso la familia ocupante se turna con otras familias, otros estudiantes, otros judíos. Lo que importa no es un techo que les cobije, lo que importa es el símbolo. Es recuperar para Israel la tierra que Dios les entregó. Y el Estado, con su sistema, lo sanciona. Es legal. Hace un mes la Corte Suprema decidió que los Al Kurd deben ser desalojados (sentencia del 16 de julio de 2007). Seguro que esta sentencia se hace cumplir, no como la anterior. Paradojas de la vida, oyes.

Ahora la casa de los Al Kurd ya sólo tiene una puerta. Pero, y esto es la paradoja final, es igual de difícil de guardar.

Pablo





Por un cerdito

22 09 2008
Valle del Cedrón

Valle del Cedrón

Este es el sitio donde vivimos P. y un servidor. Es el valle del Cedrón, en un barrio de nombre impronunciable, pero que ya decimos con una cierta dignidad a la hora de coger el sherut. Bueno, realmente no es donde la foto, es un poco más a la izquierda, allí junto a las últimas luces. La foto es del valle en sí. Por otra parte, no sé si ya habréis leido las noticias. Como no lo sé, aquí os las dejo. Y aquí. Y aquí. Un tipo al que se le cruza el cable, y tienes macedonia de sesos esparcida por la muralla, y quince heridos por el camino. Doce soldados, según entiendo. En este sitio no hay nadie libre de culpa. Porque si feos eran los de ayer, horribles son los de hoy. Al final me voy a convertir en un eurocentrista, si no lo era ya.

El caso es que esta foto, de hace unos días, la tomé a esta misma hora en la que escribo. Y a esta misma hora, hoy, tenemos un enjambre de helicópteros vigilando con focos que todo esté en calma en este barrio. Simplemente mezclad la foto de ayer con la de hoy, y añadidle banda sonora. De vez en cuando una sirena, y un jeep pasa veloz por alguna calle de las cercanías. La policía ha impedido que los judíos entren en el barrio musulmán de la ciudad vieja, a confraternizar y repartirse parabienes, y ahora controlan todos los barrios orientales, para evitar levantamientos con los ánimos caldeados. Por lo que he visto, aquí nadie tiene ganas de bronca. Simplemente, no se ha celebrado tanto el fin del ayuno como otros días. Pero la susceptibilidad está a flor de piel.

Hoy M., judío laico del Meretz, de izquierdas, nos contaba que uno de los mayores temores de la sociedad israelí es que a los judíos radicales se les ponga en la nariz hacer “algo gordo” en las Mezquitas del monte Moria (La Roca, Al-Aqsa) y el problema sea irresoluble. “¿Algo como qué, un ataque contra la cúpula dorada, explosivos en las entradas, una bomba oculta?” preguntamos. No, simplemente soltar un cerdito para que corretee por la explanada. Sólo eso. Nada más. Entonces puede ser el Armaggedon. Fácil, económico, con alto rendimiento. No me extraña que hoy, con quince heridos de por medio, todo el mundo ande con los nervios disparados.

Así que usías me perdonarán. Voy a meterme debajo de la colcha, y a lamentar mi suerte, ahora que parece que los helicópteros descansan. Mañana pondré cara de póker y diré que no me he enterado. Que estas cosas me resbalan. Que lo del cerdito es una estupidez. Pero va a ser que no.

Pablo





The Right Answer

21 09 2008
Sykorsky MH-53 sobre el monte Skopus

Sykorsky MH-53 sobre el monte Skopus

Tumbados en la mullida hierba del campus, a mediodía, el mundo parece más bonito. Pasa un helicóptero, y casi como acto reflejo, le disparas una foto. Y luego, mirándola con detenimiento (seis palas, sonda de combustible, ruedas) piensas, caray, con este cacharro no se vigila el tráfico. Venía del este, de Cisjordania. Y este trocomotor con alas se usa para lo que se usa. Y si a alguno le interesa, que se busque la vida para saberlo, y luego charlamos un rato.

Como le prometí a mi madre, persona sabia donde las haya, que no me metería en líos, no pienso contar nada de los niños llorando en el check-point, de los culatazos en el autobús, de la cara desencajada de las madres y de la rabia de los padres cuando les hacen dar la vuelta en el control, o de un cabo furriel de 19 años zarandeando a un hombre de 50, casi escupiéndole en la cara. Ni de los cuatro soldados abalanzándose sobre un viejo con fardos, gritando como iroqueses. Ni de la ametralladora pesada en una torre camuflada, enfilando la carretera que da al control, un control en una ciudad de 200.000 habitantes, que gota a gota, de uno en uno, pasan, si les dejan, al otro lado. A la nada, al desierto. Si hay suerte. Tampoco hablaré de la judía rubia muy mona con el casco ladeado, que liga con el judío también askenazí, mientras todo esto ocurre, como sin prestar atención. Y beben agua helada bajo el sol de justicia, en el control del desierto de Judea, delante de la fila de palestinos entre alambradas. En Ramadán. Sabiendo mejor que yo que esa gente no puede -literalmente, la presion social es enorme, pues eres un mal musulmán- saltarse el ayuno.

Ni debería juzgar la pregunta de aquel otro cocacolo de veinte años, M-16 con doble cargador, mientras su compañera me revisa el pasaporte, los papeles, las monedas, las llaves, el cinturón, la cámara: ”Wich is better, here or there?”. Me gustan los dos, pero Israel es mejor, le digo. “That’s the right answer”. La respuesta correcta, me suelta, con media sonrisa. Me cago en sus muelas, la cantidad de collejas que le tienen que haber caído en el cole al cuatro ojos del demonio, que a mí me trata con ironía despreciativa, pero que a los que van detrás de mí sabe Dios cómo tratará. A fin de cuentas, a mí me protege un pasaporte europeo. A los demás, nada. Y no hay un asomo de caridad en los ojos de ninguno de estos adolescentes armados. P. está demasiado pendiente del barullo que se ha formado con los soldados que agarran al viejo. Como le salte el chip e intervenga, date por jodido, Pablín, me digo. Menos mal que tenemos el teléfono del cónsul. Mi despedida, una venganza de opereta frente al right answer: “What do you want me to say in this situation?” ¿Qué quieres que te diga, si tú tienes un trabuco, el poder y la gloria, y yo tengo las manos tan llenas de cosas, en esta garita de mierda en medio del desierto, que no puedo ni sujetarme los pantalones?

Ahora, en frío, pienso que hay una gran cantidad de judíos buenos, que nos sonríen y ayudan, y se duelen de todo esto, y nos lo reconocen abiertamente. Del mismo modo que hay palestinos buenos y malos. Cuando los buenos de los dos lados se entiendan, esto tendrá solución. Si llega el día.

Cuando llegamos a Jerusalén, hace unas semanas, pregunté si podía beber agua del grifo. Me contestaron que por supuesto, y estuvimos hablando un rato del tema. Alguien sacó a colación el aforismo de que para integrarse en un sitio hay que beber la misma agua que la gente del lugar. Un ejército, como el americano en Irak, no puede integrarse si lleva el agua en bidones. Yo no sé si el agua fría que bebían los dos tortolitos vestidos de verde era del lugar o no. Pero sé que los soldados del chek-point han acertado en las formas. De pleno. Se van a integrar del todo. Ya lo verás. Espero que el resto del pueblo elegido por Dios no sea de la misma calaña. Quiero creer. Porque los demás vamos dados, en ese caso.

Pablo





Para llorar (o para reir)

20 09 2008
Kim casi se me va de cuadro, pero lo pillé

Kim casi se me va de cuadro, pero lo pillé

Los samurais no lloran, a lo sumo llegan a enternecerse, pero por dentro, muy adentro de su corazón congelado. Duermen sobre piedras, caminan sobre brasas. Los samurais son mitad Spiderman, mitad Kung Fu Panda. Los samurais son cuasi perfectos, conocen siete millones de maneras de matarte, pero a la vez son pausados en el juicio, mesurados en la pasión. Por eso no entiendo que a P, que es un verdadero samurai, ascético, más lechuga que fritanga y cosas de esas, le haya entrado la manía de pelarse la cocorota urgentísimamente en un barbero. Los antiguos samurais debían rasurarse a menudo, no lo discuto; pero seguro que lo hacían con las tapas de conservas oxidadas, como manda la tradición. Cómodo y barato.

Así que desde hace varios días andamos ojo avizor, para encontrar una barbería, hasta que ayer dimos con ella. Quizás sería mejor decir que nos encontró ella a nosotros… no sabríamos volver otra vez allí ni de casualidad, en el laberinto de callejuelas de la ciudad vieja. El caso es que el ufano samurai entró en la peluquería: dos sillones con todo el ajuar, abierta a la calle de par en par, sillas de sky donde me senté a contemplar la escena, casi mítica: el bonzo que acude al ritual, el silencio de la tarde que cae, los sacerdotes coptos paseando por la calle empedrada, las primeras farolas que se encienden.

Fiel a su estilo británico, P. acordó el precio antes de sentarse. Tras educada pero luenga discusión (“pero señor, por afeitarle tienen que ser 10 shékels más”), P. logró que el taimado palestino le explicara todas y cada una de los partidas de la factura -lavado, encerado, planchado y pulido de cráneo-. Una vez conforme, se sentó, y cual sahib inglés, mentón arriba, displicente la mirada, permitió que el barbero empezara con su oficio. Os juro que en ese momento vi a Kipling sentado en ese sillón.

Acabado el oficio (cremas y afeites varios, loción para el cuello y demás pleitesías propias de la tarea), P. metió mano en la cartera y sacó unos billetes. Cuando el barbero buscaba el cambio, P. levantó una mano, apenas un gesto, y con mirada seria le dijo que no era necesario. Volviose, cogió los aperos, y salimos a la calle, con ese aire de alegres tenientes de un ejército colonial recién, precisamente, afeitados. Como con el uniforme rojo de paseo, ese que destaca entre vendedores de fruta, encantadores de serpientes y Kims de la India.

Me pareció ver por el rabillo del ojo al barbero, en la puerta, mirando el cambio, imagino que recordando las explicaciones que tuvo que dar sobre el precio de cada loción y cada pasada de navaja, y pensando: “menudo par de gilipollas”.

Pablo





Targeted Killing (para pensar)

19 09 2008
Partiendo el Pan

Partiendo el Pan

“Civilians are not permitted to take direct part in hostilities and are immune from attack. If they take a direct part in hostilities they forfeit this immunity”

Cruz Roja, 1999: Model Manual on the Law of Armed Conflict for Armed Forces, párrafo 610, p. 34.

Para los que no tengamos idea de inglés, aquí va: “No se les permite a los civiles tomar parte directa en las las hostilidades, y son inmunes ante el ataque. Si toman parte directa en las hostilidades, pierden su inmunidad”. Dado que he visto que os gusta la pólvora seca, y que causa controversia la reflexión sobre cómo, cuándo y en dónde disparar, de hace un par de días, os propongo un nuevo reto. Más carnaza, si preferís llamarlo así. La política de Asesinatos Selectivos o Targeted Killings, empleada por el Estado de Israel. ¿En qué consiste? Pues en “eliminar” terroristas. Ojo, que esto no es la guerra sucia de España, nada que ver con el GAL. Esto está regulado por las más altas instancias del Estado (la última, la sentencia HCJ 769/02 del Tribunal Supremo, de hace año y medio).

Es interesante, amigos polemólogos, que nos paremos en la definición de unlawful combatant, ya usada con fruición en Yugoslavia, es decir, el fulanito que sin ir uniformado, de pronto coge un fusil, dispara, y lo vuelve a soltar. ¿Es un combatiente protegido por las convenciones de Ginebra? ¿Es un civil, protegido por las leyes de la guerra? El “guerrillero” no es una figura nueva. De hecho, su aspiración es que se le asimile a una fuerza combatiente plena. Pero estos no son guerrilleros: no tienen estructura de mando responsable, no actúan acorde a las reglas de guerra, atacan a verdaderos civiles… Israel piensa que la definición de unlawful combatant es amplia: aunque haya soltado el fusil, lo puede volver a coger; lo cogerá con un, no sé, 97, 98, 99% de posibilidades. El procedimiento no es arbitrario. Es selectivo. Es cuidado. Es quirúrgico. Aunque a veces se emplee un helicóptero de ataque para reventar un coche. Y es legal.

Aquí los terroristas no piden la independencia y demás bobadas (Euskalherria Askatu y todo eso) sino que exigen el exterminio de ti y de tu pueblo. Que no quede ni el rastro de tus huellas en el polvo; una actitud de infinito desprecio sospechosamente semejante a la de los judíos de Mea Shearin, por otra parte. Ante esto, ¿se cauteriza la vía de agua, metiendo a los terroristas en la cárcel de por vida? ¿Los sentamos en la silla eléctrica -es más plástico que el asesinato selectivo, pero viene a ser lo mismo-? Si los encarcelamos, creamos mitos, héroes, resistentes, porque aquí no hay reinserción social. No porque no se persiga, que sí, sino porque no se da. Un diplomático, Y. nos cuenta que la mejor manera de explicar la situación política de Israel es llevar a los críticos con el estado judío a las cárceles. Que hablen con los islamistas presos, que son legión. Cuando salen, lívidos y mudos, se atenúa el criticismo. Cuando menos. Así que la cárcel, aunque es conforme a nuestros valores occidentales, apenas vale malamente para aislar de la sociedad a su cáncer. La otra opción, la letal, la breve y sencilla, la “eliminación”, en cualquiera de sus formas. Si los ejecutamos, damos un aviso a navegantes, cumplimos la función de extraer el cáncer podrido del cuerpo sano; lo malo, creamos mártires, y peor aún, nuestro Occidente moral se degrada un poquito más.

Aunque quizás quepa la tercera vía. Quizás se pueda dialogar, reinsertar y convencer con flores de que eso de poner bombas y exterminar al vecino está muy, pero que muy requetemal. Y a los otros de que lo de defenderse con uñas y dientes, y tratar como perros a sus conciudadanos (¿sabíais que los palestinos de los territorios ocupados tras el 67 no son “ciudadanos”, sino sólo “residentes”?), pues no pega bien en la foto. Tenemos mucho que aprender de nuestros Kissinger españoles. Pero el chiste no nos evita el dilema moral. Por eso prefiero poneros la foto de la hermana R., haciendo hostias para los sagrarios de toda Tierra Santa. Es algo lleno de pureza entre tanta escoria.

Pablo





Las cinco diferencias

18 09 2008
Colegio El Pilar. Ciudad Vieja, Jerusalén Oriental

Colegio El Pilar. Ciudad Vieja, Jerusalén Oriental

Objetivo: Encontrar las cinco diferencias entre cada uno de los sujetos en cuestión.

Pistas:

Una es musulmana.

Otra es católica.

Otra es hija de Judío y musulmana, pero han decidido que sea musulmana.

Otra es la única que paga la matrícula del cole.

Y hay una que se manchó el uniforme a mitad de mañana.

¿Alguien se atreve a dar la respuesta?





Cargados de razones

17 09 2008
Jerusalén desde Getsemani

Jerusalén subiendo desde Getsemaní

Esta era la vista de nuestro paseo nocturno: Jerusalén, la que siempre se ha tomado por la fuerza. Jerusalén, la que ha sido una y otra vez destruida hasta sus cimientos. Hoy hablábamos con A., judío, excombatiente de los Seis Días, sobre la situación en Israel y Palestina: “no puedes vivir con miedo. Si tienes miedo de una cosa, tendrás miedo de muchas otras. Y hay una distancia realmente corta entre el miedo y la locura”.

Sobre la mesa teníamos informes de diferentes organizaciones de derechos humanos, que certificaban varios hechos sangrientos, a manos de militares y policías israelíes. En concreto, una carta del director de una agencia, que enviaba su informe, chorreante de sangre y barbaridades cometidas por las fuerzas armadas hebreas en el año que va de septiembre de 2001 a septiembre de 2002, al gabinete de comunicación del Ejército Israelí, para ver qué respondían antes de la publicación. La respuesta, mesurada y correcta, que incluso lamentaba los hechos, se centraba en dar las razones y motivos de esta actuación.

Razones y motivos válidos en nuestra mente occidental -salvo que uno sea tremendamente partidista, ingenuamente idealista o ambas cosas a la vez- pero que llevan, en casos extremos, a saltarse olímpicamente los derechos fundamentales. Y a las consecuentes barbaridades. Por ejemplo, la mejor manera de evitar que un terrorista se inmole voluntariamente y que involuntariamente tú te vayas con él, es disparar: un terrorista detenido por una bala del 12.7, con la cabeza abierta como un melón. La imagen es tan dura que no me he atrevido a ponerla. Si tu curiosidad morbosa te puede, después de saber lo que es, mira aquí. Pero no me pidas luego responsabilidades.

Según nuestros valores, un policía occidental advertiría, luego tiraría al aire y por último (ojo, por último, insisto) a una pierna. Pero aquí no nos valen los arquetipos, los deseos, ni nuestros valores; se juega con diferentes barajas. La cuestión es doble. No sólo dónde disparar, sino previamente qué ha pasado para que este tipo, con familia, con sentimientos, con vida, decida optar por el daño, por la muerte, por el odio; y en unos segundos de supuesta gloria, se lleve todo lo que tiene alrededor por delante. ¿Qué ha pasado? No poco, a fe. Y ahí están los libros, para enterarse de la historia de dolor de esta tierra, de gente que es mitad buena y mitad mala. Quizás el problema estriba en que no hay un malvado claro, absoluto, total. No hay un Hitler, un Herodes, un doctor Moriarty. Aquí, todas las partes están cargadas de razones. 

Y por último, permitidme un macabro juego, el de remover conciencias: ¿a dónde dispararías tú? Ponte en situación, no me vale la respuesta de libro o la negación de que eso no pasa. Él viene corriendo. Tú le has robado la tierra, es cierto. Pero, ¿mereces morir? ¿Y si la tierra se la robó tu abuelo, eres igual de culpable? O peor aún, los inocentes de alrededor, ¿merecen morir? Yo no lo sé. Aún le estoy dando vueltas, sin que quiera asumir que posiblemente le disparase a la cabeza. Con la degradación moral que produce sólo el confesarlo en frío, en blanco sobre negro, con la distancia cómoda de saber que no me pasará. Pero quema por dentro el que mis valores absolutos, ilustrados, kantianos, pueden llegar a dejar paso al mero instinto. En los breves instantes que median entre la carrera, el silencio y la explosión no caben talante, diálogo de civilizaciones ni leches en vinagre. Eso sólo vale para quedar bien en clase. En el cómodo occidente. Si alguien quiere ver crítica política, que la vea. Lo es. Y aquí la pregunta no es metafísica. No me contestéis, pero mascadlo para vosotros, cual amargo regalo. ¿A dónde le dispararías?

Pablo





Tres velos

16 09 2008
Al Mujahidin Street

Al Mujahidin Street

Tres señoras que hacen su vida. Esto es esta foto. No son madres de mártires, ni rectoras de madrasas, ni integristas, ni nada que suene feo. O quizás sí. Y eso es, salvando las distancias, lo bonito. Estas señoras, con su digno velo, son tan buenas y tan malas como todos nosotros. ¿A dónde quiero llegar, con estas obviedades? No muy lejos. Apenas una reflexión. O sea, lo de siempre. Ahí va:

El primer impulso de un palurdo occidental (servidor) puede ser ver a estas buenas señoras, y tras constatar, sagaz él, que van con velo (ajá) detenerlas, y tras una correcta presentación, los correspondientes permisos, y ganarnos su confianza, preguntarle en la línea de flotación: “¿y qué opina usted del conflicto palestino-israelí?” No es que no le influya, que sí. Quizás haya perdido un hijo, un sobrino o un hermano, o se lo hayan apaleado. Es muy posible, aquí estas cosas pasan. Pero lo más probable, es que sus problemas sean que el pan es más caro. Que los judíos la miran con desprecio. Que los cristianos le chinchan al pasar. Que los turistas le molestan a la puerta de su casa. Y que los palurdos occidentales la molestamos con preguntas que se responden leyendo los libros, pensando en la Historia. No parando a la gente por la calle.

No podemos decir que esta ciudad sea el Edén: hay autobuses que vuelan de vez en cuando, miradas hoscas y policías que no preguntan ni son preguntados. Pero no podemos perder la perspectiva. La gente vive, se enamora, juega a las cartas, sale de paseo. Hace poco nos comentaba J., sacerdote católico, que una parroquia española quería un encuentro, una charla, con una parroquia de Jerusalén. Les advirtió antes del viaje que esta gente no filosofa sobre su fe, sino que la practica. Que no vinieran con preguntas del tipo “¿cómo entiende la fe en un contexto de tensión religiosa?”, porque no podrían responder. No se lo plantean. La viven. Y mejor que nosotros, en muchos casos.

A veces, el bosque no nos deja ver los árboles. Y nos cegamos por un velo (o por tres), por un estereotipo, por una idea que deseas ver confirmada. Quizás un viaje no sólo vale para aprender, sino para “desaprender”.

Pablo





Hasta en el desayuno

15 09 2008
Malditas elecciones

Malditas elecciones

Si es que hasta en el desayuno hay que tomar opciones. Y desayunar leche sola no lo es, porque no decidir es en sí mismo una elección. Aunque a fin de cuentas, lo importante está en el interior. Porque por dentro son los dos exactamente iguales. Los Confleiks. ¿O de qué creíais que estaba hablando?

Pablo





Elección sencilla, opción difícil

14 09 2008
A Cross in the Wall

La Exaltación de la Cruz. Barrio cristiano, ciudad vieja.

El caso es que este domingo ha sido el día de la Santa Cruz. Mientras todos los habitantes de esta ciudad iban a sus trabajos, empezando la semana, unos cuantos cristianos se juntaban en el Santo Sepulcro, para acudir a misa. Los católicos, arrebolados entre incienso y devotos empujones, en una pequeña capilla junto al Gólgota. Por allí estábamos, buscando una escalera de mármol frío, donde rumiar a solas el misterio, en una soledad extraña, rodeado de ajenos que las circunstancias convierten de pronto en hermanos. Misterios pentecostales, supongo. Misa en latín, fragmentos en español, inglés, italiano. Turistas en trance, monjas serenas con mucha vida a cuestas para tan jóvenes ojos, frailes que oran de rodillas, peregrinos de verdad y de los de cámara de fotos y a otra cosa, mariposa. Y el órgano atronando, reverberando en mis suelas de goma, como marcando el espacio frente a ortodoxos, drusos, coptos, grecolatinos y tantos otros primos hermanos, que miran la adoración del Lignum Crucis entre respetuosos, ofendidos y despreciativos. A fin de cuentas, “somos lo mismo, pero no”.

Pensaba que vendría a cuento la foto de una cruz. Cómo no. ¡Si será por fotos de cruces, a mí, y en esta ciudad! ¡Si las hay a cientos! Una en especial quería poner en este blog cuando de divina materia hablara. Y eso pensaba hacer hoy. Una foto preciosa. Cielo azul cobalto, cruz de hierro forjado negro, perfectamente definida, sobria, con unas copas verdes difuminadas al fondo. La típica foto que le gustaría a N. para poner en su revista, como portada. Seria, de colores vivos. Y además, con significado: de la Iglesia de Santa Ana, barrio musulmán, Jerusalén, Ciudad Vieja. Pero lo siento, N. La foto de hoy lo mismo no te sirve.

Conocimos a un franciscano, A., en la Custodia de los Santos Lugares, que hablaba en plural (“Cuando llegamos aquí en 1300…”) y se ofreció a pasear con nosotros, a contarnos batallitas y cruentas guerras también. El barrio cristiano no es lo que se puede creer. Los palestinos cristianos son la escoria de esta sociedad. Son o bien apóstatas, para los musulmanes, o árabes bautizados (pero árabes) para los judíos. La droga ha clavado sus uñas en este barrio degradado, la pobreza es endémica; los franciscanos han construido 492 casas, de su bolsillo, pero no llegan. Al hermano A. lo saludan por la calle con devoción. Nos invitan a sus casas, a tomar zumo helado, fruta, pastelillos, porque vamos con Abú A., el Padre A.

Acostumbrados a miradas hoscas, desconfianza o risas a nuestras espaldas, esta experiencia nos enseña un mundo nuevo. Por eso cuando llegamos a esta placita, y A. nos habla de las dificultades de ser un cristiano en Tierra Santa (obviamente, no un cristiano yanqui o europeo, sino palestino), donde la cruz no significa un fiestorro obsceno para celebrar cada sacramento, sino que es una opción que te marca socialmente,  entonces descubro que esa pintada en la pared -”Muera el Dépor, Viva la UDS, España Blanca o Fuerza CNT”- esa cruz a modo de grafiti, tiene más valor que la perfecta foto que tenía pensado poner aquí. Posiblemente debajo, en árabe, hable de fútbol local, amores desgraciados o sentimientos políticos. Pero alguien ha dejado toda una declaración de intenciones en esa pintada. Esa cruz, esa opción, esa publicidad, expresa mucho mejor lo que mi preciosa foto podría haber dicho. Y como me han ganado en buena lid y no soy mal perdedor, aquí os la dejo. Fue fácil elegir la foto. Lo difícil es elegir la opción.

Pablo





Desprecio

13 09 2008

Mediodia de Sabbath cerca de la puerta de Jaffa

Mediodía de Sabbath cerca de la puerta de Jaffa

 ¿Desprecio? ¿Por qué desprecio? ¿Y qué tiene que ver con estas niñas tan simpáticas? Hoy ha sido, como tantos otros, un día de contrastes descarnados. P y un servidor, tras haber comprado en el zoco un par de tortas de falafel y un pastelillo, con litro y medio de agua (quince shekels, dos euros todo), nos sentamos en una sombra cerca de esta fuente. Una chica con sus niñas llegó a la misma sombra, sonrisas educadas, nos hacemos a un lado, compartimos el lugar. Las niñas se descalzan, y tímidamente meten los pies en el agua. Hace calor. Se salpican. Ante la escena, saco la cámara, pregunto (siempre preguntar en el caso de niñas pequeñas) y la chica, que no sabe inglés pero lo pilla a la primera, hace un amplio gesto de aprobación, con una sonrisa. Y durante unos minutos, las niñas posan, juegan, se empujan con más intensidad ante el objetivo. P y la chica, a mis espaldas, se ríen. Nos despedimos en una mezcolanza de lenguas, no hay cruce de correos electrónicos, abrazos emotivos, ni falta que hace. Ha sido un momento de regalo. Que aquí se queda inmortalizado. Sin mayores pretensiones.

A última hora de la tarde, el contraste. Pasamos por Mea Shearim, barrio ultraortodoxo, poblado por estudiosos de los libros sagrados, que no tienen otra ocupación, y que reciben subsidio del Estado por ello. Sabemos que no somos bienvenidos, por gentiles. Entre levitas, gorros ceremoniales y niños con tirabuzones, teñido todo de riguroso negro (el tráfico está cortado aquí el Sabbath, las noticias llegan mediante voceros), mi camiseta gris desentona casi como si fuera fosforita. Dos chavales de no más de doce años escupen a la vez en una esquina, mientras nos miran. Casualidades de la vida, piensa uno. Qué mala pata, que le haga cosquillas un gargajo cuando voy a pasar. Y más a los dos a la vez. Más adelante, un grupo familiar. Tíos y sobrinos, suponemos. Y todos los tiernos infantes escupen, con amplia gestualidad (“sobreactuando”, que diría un crítico de cine) mirando en nuestra dirección. Algún adulto también. Y tras semejante panoplia de argumentos, se oyen voces, que sin saber hebreo averiguas que son del estilo de “muy bien, chavales, la próxima vez, mejor y más lejos. Con contenido”. Más allá de que sólo ofende quien puede, y de la primera reacción, que es la de hacerles recoger lo que han soltado; e incluso de algún pensamiento liso y sencillo, demasiado sencillo y muy macabro, se impone la reflexión. El Desprecio. ¿Qué conexión se les ha soltado en el cerebro a estos judíos para adoctrinar a sus criaturas en el más profundo desprecio por lo diferente? Porque no escupían por purificar el espacio que nosotros, gentiles, violábamos. Escupían a la más íntima razón de nuestro ser, a lo que éramos. Diferentes. Los otros. Si Israel tiene algún futuro, está en los hombres de buena voluntad. En quienes aceptan al otro. En las niñas de la foto, judías también, que regalan sonrisas y juegos, a cambio de nada. En su madre, que sin entender nada participa de la alegría. Y a mi Dios le rezo, con la sangre todavía hirviendo, para que jamás pierdan la inocencia, ni ningún malnacido les escupa a su paso.

Pablo





¡La tumba esta vacía!

11 09 2008
Mediodia en la basilica del Santo Sepulcro

Mediodía en la basílica del Santo Sepulcro

Es cierto. Yo lo he visto. Y doy fe de ello. El sepulcro está vacío. Cuantos aquí leéis nos conocéis un poco, y algunos un mucho. Y sabéis que además de ser tremendos pecadores, o quizás por ello mismo, algo bulle dentro de nosotros. Muchos hemos caminado codo con codo, compartido sombra y senda, hemos perseguido estrellas y hemos llegado (o no) a Santiago, Colonia o Sarajevo. O a donde se tercie. Con muchos otros, el camino ha sido interior, que también es duro, y no menos importante. En cualquier caso, sabéis que ni P. ni yo somos de ningún modo fetichistas en cuestiones religiosas. Especialmente un servidor, al que una procesión, una saeta, el “santo dos croques”, o ciertas advocaciones de cercanías le dejan completamente frío. Dicho sea esto con todo respeto para con vuestros santos y patrones locales. De una frialdad completamente luterana y peligrosamente herética, que dice P.

Jerusalén, al igual que cualquier otro sitio de contenido espiritual, es propicia a la proliferación de estos “fetichismos”: Jesús estuvo aquí. “No, aquí no. Dos metros más a la derecha”, nos contaba con sorna un experimentado guía, cuando hablábamos del historicismo compulsivo y del sentido profundo de la creencia. Nada más poner un pie en la Ciudad Dorada recorrimos los emblemáticos lugares. El calor, la enorme cantidad de turistas-peregrinos, la mirada en la nuca de los soldados y sobre todo, ese escudo del “no fetichismo”, de que lo que importa es la fe y no la constatación histórica, nos llevaron a un paseo ligero, de los que no llevan a nada, de los que te dejan cansado pero vacío por dentro. Cuestionas si todo esto es lo que lleva al paroxismo religioso a tantos y tantos, sin encontrarle sentido ni razón al asunto. Así que hoy hemos decidido subir de nuevo a uno de los sitios más importantes, el Santo Sepulcro. Hoy hemos subido con otra idea, curiosa cuando menos. Y por ello la pongo aquí: el Santo Sepulcro es todo lo contrario del fetichismo religioso. No por ninguna de las razones antes esgrimidas -sigue habiendo calor, turistas y soldados- sino por todo lo contrario: no hay nada que venerar. Irónico, ¿no? Entras en un sitio para descubrir que no hay nada, que está vacío. Y esa es precisamente la raíz de la fe. La gran noticia. Así pues, os la cuento. ¡El sepulcro está vacío!

Ahora bien, como vivimos en época de posmodernidades, alguno podrá pensar que algún ladrón visionario robó el cadáver de un nazareno. Si es así, puedo intentar ponerle en contacto con Dan Brown, que seguro le interesará el guión. Yo prefiero creer la otra verdad. No sé si es más fácil, pero sí mucho más bonita. ¡Resurrexit!

Pablo





En silencio

10 09 2008
Puerta de Damasco, 10 de la noche.
Puerta de Damasco, 10 de la noche.

No dijo nada, ni cuando le saqué la foto, ni cuando nos despedimos. Pero en su mirada se leía la pregunta: ¿Pero van a ir ustedes más allá? ¿Qué se les ha perdido? Dijo todo eso en silencio. Y en silencio seguimos nuestro camino. Los taxis, los famosos sheruts de los que ya hablamos, se cogen más allá, en la puerta de Herodes. Porque si los coges antes, en la zona judía de donde venimos, no te llevan al este. Y nos montamos, en silencio. Rebuscas cuatro shekels, ochenta céntimos de euro, encuentras una moneda de cinco, y se la das al palestino que va sentado delante de ti, confiando en que cuando tu moneda llegue al conductor, cuatro filas más allá, el cambio, un miserable shekel, llegue de vuelta por el mismo camino. Y nunca falla. En silencio. Sin que el idioma sea una barrera. Cuántas cosas se pueden hacer en silencio. Cuántas cosas se pueden decir en silencio.

Pablo





Cosas cotidianas

9 09 2008

La vida en Jerusalén es como en cualquier otra ciudad. La gente se levanta, va al trabajo, vuelve, y así hasta el fin de semana, que es peculiar porque, según sea tu ambiente, es triple: el viernes para los musulmanes, el sábado para los judíos, y el domingo para los cristianos. Así que a gusto del consumidor: puedes creer que no hay descanso en la ciudad, o que es el fin de semana más largo que hayas conocido.

La normalidad es general. Por ejemplo, el día de hoy. Hemos dedicado la mañana a ciertos formalismos, de resultas de los cuales tengo encima de la mesa unos diez o doce carnets, tarjetas o pases de diferente tipo y condición, eso sí, todos imprescindibles. Para entrar en la universidad hace falta una security card, que a su vez se consigue con un yellow pass, que previamente has sacado en secretaría. Alguno puede preguntar, “¿y cómo llegas a secretaría?”. Misterios de Jerusalén. A su vez, tenemos una green card, para la biblioteca, y suerte que no tenemos coche, porque si no, otra más. A todo esto, la mitad de los carnets no valen sin la carta de invitación, y es aconsejable llevar el pasaporte. Por si acaso. Y en un sitio donde para entrar a clase tienes que pasar por un control aeroportuario, pues lo llevas, y santas pascuas. Lo de aeroportuario no es un símil. Hoy me han perdonado sacarme el cinturón, porque pitaba cada una de las cinco ocasiones que me hicieron pasar por el arco de marras, para guasa de mi compañero y ex amigo.

El ambiente es chocante. La universidad es un reducto de occidente. O más propiamente, de estilo de vida americano. Facultades con el nombre de su patrocinador (Economic Faculty of Menganito, Hall of Fulantito), alumnos deportistas, alumnas cotilleando junto a las taquillas… si hubiera visto un equipo de animadoras no me hubiera sorprendido. Y sin embargo, hay un no sé qué en el ambiente. Comiendo en la cafetería Frank Sinatra una mezcla de cuscús con Kentucky Fried Chicken, leíamos las placas de las paredes: 80 víctimas, 9 muertos. Casi se nos atraganta el pollo.

Jerusalén es normal. Es normal conducir a 80 por calles plagadas de mujeres empujando carritos destartalados llenos de fruta y ancianos montados en burros famélicos. Y mientras vas cuesta arriba a esa velocidad (llegas tarde a clase) en un coche taiwanés de marca indescifrable bajo la roña, ciscarse en los muertos del tipo que pretende adelantarte, diciendo que está loco, pero acelerando para que no te pase. Y el cambio de rasante a tiro de piedra. Verídico. En primera persona. Cada mañana unos italianos nos llevan a la facultad, y nos explican que “en el Cairo se conduce peor”, es la tercera vez que me lo dicen, de diferente fuente. Me temo que al Cairo va a ir su padre. Así de sencillo.

Estamos en Ramadán, una época del año como otra cualquiera. Los musulmanes no comen, no beben, no fuman, y no conocen mujer durante la luz del día. No se alimentan ni siquiera cuando hacen un trabajo físico duro. Eso sí, al caer la tarde, comen, beben y fuman todo lo que pueden. De lo otro, no lo sé. Por cómo se las gastan aquí las señoras, pueden casarlas jóvenes y de tres en tres, pero si tienen el mismo genio dentro que fuera de casa, no apostaría nada.

El caso es que a esa hora mágica de la cena en Ramadán, con Jerusalén en silencio, adornada con luces de verbena castellana y olor a fritanga especiada, servidor y su acompañante decidimos coger un taxi. Los autobuses se los tengo prohibidos, porque por simple relación calidad precio, los terroristas prefieren volar un autobús que un taxi. Mismos riesgos, mayor cuota de mercado. El caso es que, como vamos a un barrio musulmán, y tenemos pinta de ello, cogimos un taxi, que es el vehículo preferido por los palestinos. Y es que los taxis, sheruts, son furgonetas de nueve plazas, con un recorrido medianamente definido, alterable según las circunstancias, y que recogen pasajeros sin parada. De hecho, paran a inquirir a la gente si quieren sus servicios. Igualito que en Madrid. Con este plan, no es de extrañar que no tengan horario. Uno se acuerda de esos trenes belgas, que salían a las “y diecisiete en punto”, y lo hacían, vive Dios. Así que hoy hemos llegado a casa en una Ford Transit tuneada como la puerta de un wáter, con pegatinas encima del velocímetro, luz estroboscópica en el salpicadero cegando a los pasajeros, incluído el conductor, la versión palestina de Camela atronando en los altavoces, y un trapo cerrando el depósito de la gasolina. Imagino que para que cuando tenga un choque con el primero que se le cruce sea más fácil convertir la Transit en un cóctel molotov tamaño familiar. Por facilitar las cosas, vamos.

Pero de todas las cosas normales que ocurren en esta ciudad, la que más me llama la atención de este barrio, y que incluso me irrita levemente, es la maldita manía que tienen estos hijos de la gran puta de pegar tiros por la noche para celebrar el cotidiano fin del ayuno. Nadie me podrá acusar de projudío, me conocéis. Incluso puedo retirar el feo insulto. Pero tanta normalidad me tiene atacados los nervios.

Pablo





No Comment

8 09 2008
Entrada de la basilica del Santo Sepulcro. Jerusalén Este.

Entrada de la basílica del Santo Sepulcro. Jerusalén Este.





Yeroushalaim Chel Zahav

8 09 2008

La Jerusalén dorada, sobre la que nunca se disipa la bruma, se extiende a nuestros pies, desde el Monte de los Olivos. El avión se ha encargado de hacernos atravesar el Mediterráneo, el cielo estrellado hasta lo barroco, por encima de Creta. La toma de contacto es impactante. Nada más poner el pie en Tel Aviv, el primer interrogatorio. Al azar. Una policía de veintipocos años, muy mona, fría, profesional, de paisano, nos pide el pasaporte a bocajarro, según salimos de la escalera mecánica en el finger de la terminal. Sin asomo de coqueteo nos pregunta por el motivo de la visita. Text researches, y esgrimimos la carta del doctor B. cual tabla de salvación. Trabajaremos con M. y J. Estudios Bíblicos y Arqueológicos. Nos mira. Mira la carta, el pasaporte, y nos lo devuelve. Pero salimos adelante. Entramos en la vieja Jaffa, la que veíamos desde el aire matizada en mil espejuelos, antes del amanecer. Y en la autopista 1, sendero rebosante de historias que otro día contaremos, vemos salir el sol rojo, disco inmenso, al este. Y llegamos a la Jerusalén dorada. Ahora escribo mientras el almuecín se deja oír, al otro lado del Muro, a diez metros de mi ventana. Estamos en Jerusalén Este, poblada por palestinos latinos, orientales, nestorianos, melquitas, chiíes y sunníes, soldados drusos en el checkpoint de aquí al lado, monjitas que repican las campanas allí arriba. Otro día hablaremos de los experimentos de integración del Colegio del Pilar, o de la protección devota que la laica República Francesa ejerce sobre sus propiedades en la ciudad, o de la convivencia pacífica, de la identificación por la religión pero no de su racionalización. Pero hoy simplemente asombrémonos de haber llegado a la Ciudad Santa. Contemplemos en silencio. Porque uno no sabe si tiembla de miedo, de asombro o de éxtasis. El miedo a saber si sobrevivirás en este caos complejo. El asombro ante la propia complejidad, la Historia que late bajo tus pies, con sus misterios y miserias. Y el éxtasis, porque cada piedra te llama a la contemplación y a la oración. Y quien tenga orejas para oír, etcétera. Que somos perros viejos y ya nos conocemos.

Pablo





Cinco días

2 09 2008

Cinco días para emprender el vuelo a Tierra Santa. Y como parte de la aventura, nos embarcamos en este diario. ¿Que por qué, que quiénes somos? Y sobre todo, ¿por qué escribimos nuestras andanzas? Como dijo mi compañero de viaje cuando le propuse abrir este blog (“déjate de chorradas, conmigo no cuentes”), un diario público no es más que un ejercicio de presunción y vana fatuidad. Creer que tus nimias historias le importan a alguien más que a ti mismo. Es posible. Por eso no centraremos este blog en nosotros. No tenemos nombre, da lo mismo, es lo de menos. Call me Ishmael. Por ejemplo. O Pablo o Pedro. O Samuel, o Jonás. Que cualquiera de ellos es muy bíblico y viene a tono. Poco a poco, si viene a cuento, iremos desvelando pequeños rasgos, pinceladas de nosotros; pero eso no será lo más importante. Queremos que lo importante de este diario sea contar, sin más pretensiones, un viaje. Una descripción por aquí, una reflexión por allá. Nada más. Quienes nos conocéis -y para vosotros está escrito este blog-, ya sabéis nuestros defectos. No hace falta que os los contemos. Para los que no nos conozcáis, echad a volar la imaginación. Hacednos bellos, guapos, perfectos. Aunque sea mentira. A todos, intentaremos daros unos minutos de lectura, una sonrisa o una lágrima. Lo que encontremos en Jerusalén.

Pablo