Fin de trayecto

18 11 2009

Luz por los que ya no están. Santo Sepulcro, Jerusalén.

Los viajes se cierran de alguna manera, con una mirada por la ventanilla del avión, con un recuerdo fugaz mientras trabajas, o con un olor que asocias a otro momento y otro lugar, y que te hace saber, con más o menos cariño o dolor, que “ya no estás”.

En ocasiones, el broche a una experiencia es más tajante: hoy ha muerto Javier, nuestro huésped. El Javier con el que planeamos el viaje, sentados en una terraza, en España. El Javier que nos fue a buscar, como una madre a sus polluelos, según poníamos el pie en Jerusalén. El que nos enseñó la primera panorámica de las cúpulas. El que regateaba en árabe en los puestos del mercado, o hacía exégesis bíblica en servilletas de papel. El que comparaba etimologías en arameo y hebreo, pero también el que te sacaba la botella de agua fría de la nevera antes de que te diera tiempo a pedirla.

El Javier que a media tarde, sentados delante de casa y viendo pasar los jeeps judíos, te daba una franca, explícita y contundente opinión sobre la ocupación, el muro y estas gaitas. Y acto seguido te hacía ver la cara opuesta de la moneda, el argumento contrario, la opinión diversa. De todo el tiempo pasado con él creo recordar que, a pesar de su vehemencia, jamás se le escapó una sola barbaridad. A otros, con bastante menos conocimiento de causa (con menos amor, quizás) sí se nos escapaban pensamientos más gruesos.

Hoy ha muerto Javier; de pronto, se acabó. Su cuerpo, inexplicablemente, dijo “basta”. Ahora Javier pasará las tardes en el jardín con Dios, y terciará en las discusiones entre tomistas y agustinistas. Por pasar el rato, porque lo suyo es el arameo y la hermenéutica.

Hoy sé que el viaje ha concluido. Queda el estilo de Javier, su bonhomía, sus amigos -que son parte de él, ¿verdad, Antonio? -, su huella. Queda Jerusalén. Pero incluso esa, la dorada Jerusalén, no es más que un montón de piedras sin sentido si le quitamos las personas. Si le quitamos a Javier. Para él nuestro recuerdo.

Pablo

Salamanca, 18 de noviembre de 2009








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