Los viajes se cierran de alguna manera, con una mirada por la ventanilla del avión, con un recuerdo fugaz mientras trabajas, o con un olor que asocias a otro momento y otro lugar, y que te hace saber, con más o menos cariño o dolor, que “ya no estás”.
En ocasiones, el broche a una experiencia es más tajante: hoy ha muerto Javier, nuestro huésped. El Javier con el que planeamos el viaje, sentados en una terraza, en España. El Javier que nos fue a buscar, como una madre a sus polluelos, según poníamos el pie en Jerusalén. El que nos enseñó la primera panorámica de las cúpulas. El que regateaba en árabe en los puestos del mercado, o hacía exégesis bíblica en servilletas de papel. El que comparaba etimologías en arameo y hebreo, pero también el que te sacaba la botella de agua fría de la nevera antes de que te diera tiempo a pedirla.
El Javier que a media tarde, sentados delante de casa y viendo pasar los jeeps judíos, te daba una franca, explícita y contundente opinión sobre la ocupación, el muro y estas gaitas. Y acto seguido te hacía ver la cara opuesta de la moneda, el argumento contrario, la opinión diversa. De todo el tiempo pasado con él creo recordar que, a pesar de su vehemencia, jamás se le escapó una sola barbaridad. A otros, con bastante menos conocimiento de causa (con menos amor, quizás) sí se nos escapaban pensamientos más gruesos.
Hoy ha muerto Javier; de pronto, se acabó. Su cuerpo, inexplicablemente, dijo “basta”. Ahora Javier pasará las tardes en el jardín con Dios, y terciará en las discusiones entre tomistas y agustinistas. Por pasar el rato, porque lo suyo es el arameo y la hermenéutica.
Hoy sé que el viaje ha concluido. Queda el estilo de Javier, su bonhomía, sus amigos -que son parte de él, ¿verdad, Antonio? -, su huella. Queda Jerusalén. Pero incluso esa, la dorada Jerusalén, no es más que un montón de piedras sin sentido si le quitamos las personas. Si le quitamos a Javier. Para él nuestro recuerdo.
Pablo
Salamanca, 18 de noviembre de 2009
