El hombre se define porque busca, porque se reconoce limitado, contenido, y porque se distingue del mundo exterior. De hecho es maravilloso cuando el bebé comienza a separarse del mundo que le rodea, y comienza a reconocerse a sí mismo: yo no soy la cuna, ni el suelo, ni el techo. Mi mano es mía, la siento, este sonajero no soy yo, no lo siento. Incluso dado este paso, podemos dar el siguiente, que es el de com-padecerse, “padecer con”, volver a identificarnos con. Pero no nos liemos. Y vayamos a eso de la búsqueda.
Una supuesta conversación entre un soldado recién licenciado de un ejército cualquiera, y un rabino de cualquier religión:
-Rabino, he estado tres años sirviendo a mi patria, a mi pueblo, a mi Estado, a mi religión. He hecho cosas que me duelen en el alma, pero que me decían mis jefes que eran necesarias. He cumplido con lo terreno. ¿Qué debo hacer ahora para cumplir con lo trascendente?
A lo que contesta el rabino: -Comprar dos congeladores, uno para carne, y otro para lácteos. Y dos pilas para lavar las dos vajillas, la de la carne y la de los lácteos. Y dos cuberterías, la de la carne y la de los lácteos. Y no comer jamás carne y lácteos conjuntamente.
La conversación es ficticia, pero lo de los congeladores es real. Si no demuestras la genealogía judía, el proceso de cualificación como tal, para una boda, por ejemplo (y aquí no existen las bodas civiles) dura varios meses, años incluso, bajo la supervisión de un rabino, que se fija en esas cosas. Cada año cientos de jóvenes recién licenciados de su servicio militar en Israel se marchan al extranjero por un año, a gastarse la paga, de un modo cuasi oficial, de tan corriente que es. Es curioso, muchos se van a la India, cuna de drogas y de espiritualidad. A seguir buscando, imagino.
Pablo
