Hace un par de días escribí, de refilón, sobre una subfamilia de monjas, las de Batalla, y algún correo he recibido sobre el asunto. Así que me prolijo. Monjas son todas, más o menos altas, más o menos guapas, más o menos todo. Vamos, como el resto del común de los mortales. Pero por los hechos las distinguimos. Las hay que se dedican a elaborar dulces, y las hay que tienen más redaños que todos los que leemos estas crónicas juntos. Lo cual no quiere decir que unas sean mejores que otras, quiere decir exactamente lo que está escrito.
Ambas sirven a Dios y a los Hombres, y cada cual encuentra su carisma donde puede o donde le da la gana. De hecho, hay más especialidades en el ramo, sin que lo de los dulces sea excluyente: de clausura y vida contemplativa, de enseñanza, de misión… Pero lo que sí es cierto, y causa asombro, es que la vida de estas Hermanitas de la Caridad las convierte en verdaderas monjas de batalla. Los Boinas Verdes de las monjas. La Joint Task Force de la cristiandad.
Nunca he sido demasiado monjil, siempre he preferido a Jeremy Irons o Robert de Niro haciendo de jesuitas en el Paraná. Pero el que uno, quizá precisamente por carencia, aspire a estos modelos, no te vuelve ciego: esta comunidad de cinco hermanas, cada una de un lado del mundo, cuida de 17 enfermas mentales o minusválidas, y de una decena de niños en las mismas condiciones. Viven -sin internet ni televisión- de la caridad de sus vecinos o de lo que le manda la casa madre, que es igual de pobre que la casa hija. Según aparecemos por su puerta -sin avisar- tenemos en la mano un vaso de agua y otro de zumo, y sin pedirlo nos preparan una comida. Porque al caminante no se le desampara. Y uno se queda con un enorme nudo en la garganta y la sensación de estar quitándoles la comida de la boca. Para rematar la faena, la casa de la que hablamos está en Nablús, en el norte de la Cisjordania, feudo de Fatáh, vivero de Hamas. Estos son sus vecinos, los que les regalan fruta y patatas. El Ejército Israelí luchó desde su tejado contra las milicias de Hamas, mientras la comunidad se escondía en un cuartito. Les volaron una puerta a balazos. Cosas de la guerra. Pero su trabajo no es la guerra, y ellas siguen al pie del cañón (noten, noten el sutil juego de conceptos), atendiendo, como Teresa de Calcuta, al desamparado.
Aunque el desamparado lleve, a sus diez años, una camiseta con la foto de un terrorista barbudo que te encañona (esto es Palestina, aquí tienen estas cosas) y el crío apunte con una mano-pistola, dando vivas a Hamas; ante esto, las monjitas le revuelven el pelo, y con ojos llenos de infinito amor le ponen en la mano-pistola un cochecito de juguete. A priori, estas monjitas de batalla y mi Jeremy Irons son parecidas, pero hay una diferencia importante: estas son de verdad.
Pablo

Hay algo que no termino de entender. Por un lado os dan un zumo de melocotón conforme entráis por la puerta y por otro lado decís que esa misma puerta la han volado a balazos (y eso que es difícil volar una puerta a balazos, a bombazos bien, pero a balazos, eso sí que es tener paciencia y no lo de las monjas….). Una segunda cosa que no entiendo es que las monjas se revuelvan el pelo teniendo en cuenta que llevan un calcetín en la cabeza que les tapa el pelo (para revolverse así el pelo también hace falta paciencia pero menos que para volar una puerta a balazos. Bueno ahora que lo pienso igual también hace falta mucha paciencia para volar una puerta a pirauchazos).
Y finalmente, lo que no entiendo, y es lo que realmente me quita el sueño es lo siguiente: ¿por qué todas las monjas llevan gafas?
Tal vez ellas sean lo único que queda de Dios en esa tierra.
Estimado Corto de Entendederas:
En respuesta a tu pregunta, si lees bien, cosa que seguro que logras con poco esfuerzo, verás que no necesariamente es “la misma” puerta. Si además lees en otros sitios, comprobarás que volar una puerta a balazos es más que fácil, si no le tiras con escopeta de feria, claro. Y en cuanto a lo de las gafas, imagino que estas monjas, como todas las demás, se han dejado la vista enseñando a leer a la gente, no siempre con éxito, por lo que se ve.
Y agradece a un pajarito que me ha chivado quién eres, que esto sea educado y moderado, a la par que gentil, cariñoso y amable. El próximo comentario idiota -y van dos- no lo dejo pasar.
Qué fascista soy.
preyga@upsa.es
Un brillante post, Pablo. Un lúcido y esclarecedor testimonio, que ayuda a mirar, para ver de otra manera. Para ver lo que no siempre vemos… O lo que no está de moda ser visto.
óscar s. a.
Custavo, este no es tu blog. ¿Que trauma tienes con las monjas?
Qué poca gracia, Gustavo. Vas de verdad a no haber pasado ni por la Básica.
Como diría nueso común amigo Willie, el número de necios es infinito. Y de ignorantes otro tanto. Y si Gustavito no se da cuenta de los momentos y de los tonos… pues que se vaya al blog de los teleñecos con Peggy y Gonzo. Allí ni sueñan con los balazos ni con los pelos revueltos. Sueñan con las gilipolleces y banalidades que revuelven sus mentes.
T’as lucío, macho. Y ya lo siento.
Categoría humana se llama todo eso que describes, además de categoría espiritual. Y eres capaz de escribirlo porque tienes ojos que miran y ven, y oídos que escuchan y oyen. No es tan simple.
Por contraste, leo con sorpresa las “reflexiones” que esto suscita a Gustavo. No sé quien eres, y me da igual, pero quiero suponer que bromeas. Si no es así, si es eso todo lo que se te ocurre pensar… Prueba a leerlo de nuevo. Te aseguro que, si eres capaz de mirar con ojos de los que ven, merece la pena.
No se quien eres tío, pero me da igual. Acertarás a entender “fuera de lugar” para los de la LOGSE = este no es tu sitio! De todas formas, has de saber que rectificar es de sabios, que un abandono a tiempo es una victoria, y que las palabras se miden tanto por lo que dicen, como por quien las dice…
Bravo Pablo,
Estimado Gustavo:
Doy acuse de recibo de tu tercera colaboración, que como te dije, en principio no publicaré. Agradezco la aclaración de que era una “bromarreflexión”, así como los elogios para mis amigos, que se los merecen.
A la vez, te hago la oferta de tomarnos una caña, y así me expliques el sentido y la gracia de tus colaboraciones, que no alcanzo a pillar, aunque no dudo que la tengan. Culpa mía, vaya eso por delante. Lamento tener que hacerte esta oferta por la vía pública, pero ninguno de los tres correos que has proporcionado me funcionan.
Ahora bien, para que no me llames intransigente, puedo publicar lo que escribes. Tú mismo. En tu mano dejo la opción, tienes mi correo un poco más arriba, o utiliza la misma vía anónima que hasta ahora empleas.
Hasta que reciba tu respuesta, cortaré la publicación del chorreo de comentarios iracundos que van llegando, y vamos dando por zanjado el tema. Porque no es ese el fin de este blog.