El momento pide silencio a gritos. Así que nos callamos, para honrar a Dios y su creación, bajo los mil nombres que le reconocen, de las mil maneras que se le reza. Por este paupérrimo trozo de tierra, sílice convertido en muralla, cúpula más o lienzo de pared menos, dos pueblos chocan. Dos pueblos que son el mismo, por más que les pese. Y la gente se muere, en aras de ese pecado original del que nadie es culpable, porque todos tienen razones con pedigrí demostrado. Pero ninguna piedra vale una vida. Al final Dios reconocerá a los suyos, ya lo verás. Y todos tendremos un motivo para reirnos, tanto si nos toca de este como del otro lado de la línea. Pero de momento, en este amanecer, el que quiera, el que pueda, el que sepa, que rece por esta tierra y por sus gentes. Que de la ayuda humanitaria ya se ocupa la ONU, oenegés y monjitas de batalla. Y para matarse, ellos se bastan solos.
Pablo

Veo que, a pesar de la experiencia psicodélica de ayer, has recobrado la calma lo suficiente como para invitarnos al amanecer al silencio y a la oración. Desde un Madrid lluvioso, gris y algo tristón, te acompaño. (Recuerdas aquello de “Llegó la tormenta… el terremoto… el trueno… y no estaba el Señor. Llegó después un viento suave…”
Ninguna piedra vale una vida…