Los samurais no lloran, a lo sumo llegan a enternecerse, pero por dentro, muy adentro de su corazón congelado. Duermen sobre piedras, caminan sobre brasas. Los samurais son mitad Spiderman, mitad Kung Fu Panda. Los samurais son cuasi perfectos, conocen siete millones de maneras de matarte, pero a la vez son pausados en el juicio, mesurados en la pasión. Por eso no entiendo que a P, que es un verdadero samurai, ascético, más lechuga que fritanga y cosas de esas, le haya entrado la manía de pelarse la cocorota urgentísimamente en un barbero. Los antiguos samurais debían rasurarse a menudo, no lo discuto; pero seguro que lo hacían con las tapas de conservas oxidadas, como manda la tradición. Cómodo y barato.
Así que desde hace varios días andamos ojo avizor, para encontrar una barbería, hasta que ayer dimos con ella. Quizás sería mejor decir que nos encontró ella a nosotros… no sabríamos volver otra vez allí ni de casualidad, en el laberinto de callejuelas de la ciudad vieja. El caso es que el ufano samurai entró en la peluquería: dos sillones con todo el ajuar, abierta a la calle de par en par, sillas de sky donde me senté a contemplar la escena, casi mítica: el bonzo que acude al ritual, el silencio de la tarde que cae, los sacerdotes coptos paseando por la calle empedrada, las primeras farolas que se encienden.
Fiel a su estilo británico, P. acordó el precio antes de sentarse. Tras educada pero luenga discusión (“pero señor, por afeitarle tienen que ser 10 shékels más”), P. logró que el taimado palestino le explicara todas y cada una de los partidas de la factura -lavado, encerado, planchado y pulido de cráneo-. Una vez conforme, se sentó, y cual sahib inglés, mentón arriba, displicente la mirada, permitió que el barbero empezara con su oficio. Os juro que en ese momento vi a Kipling sentado en ese sillón.
Acabado el oficio (cremas y afeites varios, loción para el cuello y demás pleitesías propias de la tarea), P. metió mano en la cartera y sacó unos billetes. Cuando el barbero buscaba el cambio, P. levantó una mano, apenas un gesto, y con mirada seria le dijo que no era necesario. Volviose, cogió los aperos, y salimos a la calle, con ese aire de alegres tenientes de un ejército colonial recién, precisamente, afeitados. Como con el uniforme rojo de paseo, ese que destaca entre vendedores de fruta, encantadores de serpientes y Kims de la India.
Me pareció ver por el rabillo del ojo al barbero, en la puerta, mirando el cambio, imagino que recordando las explicaciones que tuvo que dar sobre el precio de cada loción y cada pasada de navaja, y pensando: “menudo par de gilipollas”.
Pablo

¡Ay, mi P.! Así es él, organizado en la aventura, desconfiado pero justo. Un samurai “epañó”, de esos de queso, tintorro y salsa de soja. A que mola ¿qué no? En fin, ¡que vamos a decir Celia y yo!
Scarlett Johansson y Pe protagonizan esa última peli del Allen.
En ruedas de prensa e historias promocionales de ésas, Pe ha aparecido con toda su morena cabellera. Me brotan, pues, las dudas:
¿Ha sido después del Festival de San Sebastián cuando se ha ido a Jerusalen en busca de loción y rasurado?
¿Ha cambiado Pe a sus esteticien y sus Llongueras… por ese evocado barbero coolhunter?
¿Le atrajeron a Pe los “sky” del peluquero palestino?
¿Será que “Pe” no corresponde a la misma identidad que “P”? ¿Será entonces que la actriz Cruz no es la samurai (“epañola”) a la que aluden Pablo y María?
¡¡Misterios irresolubles de este blog!!
óscar s. a.