“Civilians are not permitted to take direct part in hostilities and are immune from attack. If they take a direct part in hostilities they forfeit this immunity”
Cruz Roja, 1999: Model Manual on the Law of Armed Conflict for Armed Forces, párrafo 610, p. 34.
Para los que no tengamos idea de inglés, aquí va: “No se les permite a los civiles tomar parte directa en las las hostilidades, y son inmunes ante el ataque. Si toman parte directa en las hostilidades, pierden su inmunidad”. Dado que he visto que os gusta la pólvora seca, y que causa controversia la reflexión sobre cómo, cuándo y en dónde disparar, de hace un par de días, os propongo un nuevo reto. Más carnaza, si preferís llamarlo así. La política de Asesinatos Selectivos o Targeted Killings, empleada por el Estado de Israel. ¿En qué consiste? Pues en “eliminar” terroristas. Ojo, que esto no es la guerra sucia de España, nada que ver con el GAL. Esto está regulado por las más altas instancias del Estado (la última, la sentencia HCJ 769/02 del Tribunal Supremo, de hace año y medio).
Es interesante, amigos polemólogos, que nos paremos en la definición de unlawful combatant, ya usada con fruición en Yugoslavia, es decir, el fulanito que sin ir uniformado, de pronto coge un fusil, dispara, y lo vuelve a soltar. ¿Es un combatiente protegido por las convenciones de Ginebra? ¿Es un civil, protegido por las leyes de la guerra? El “guerrillero” no es una figura nueva. De hecho, su aspiración es que se le asimile a una fuerza combatiente plena. Pero estos no son guerrilleros: no tienen estructura de mando responsable, no actúan acorde a las reglas de guerra, atacan a verdaderos civiles… Israel piensa que la definición de unlawful combatant es amplia: aunque haya soltado el fusil, lo puede volver a coger; lo cogerá con un, no sé, 97, 98, 99% de posibilidades. El procedimiento no es arbitrario. Es selectivo. Es cuidado. Es quirúrgico. Aunque a veces se emplee un helicóptero de ataque para reventar un coche. Y es legal.
Aquí los terroristas no piden la independencia y demás bobadas (Euskalherria Askatu y todo eso) sino que exigen el exterminio de ti y de tu pueblo. Que no quede ni el rastro de tus huellas en el polvo; una actitud de infinito desprecio sospechosamente semejante a la de los judíos de Mea Shearin, por otra parte. Ante esto, ¿se cauteriza la vía de agua, metiendo a los terroristas en la cárcel de por vida? ¿Los sentamos en la silla eléctrica -es más plástico que el asesinato selectivo, pero viene a ser lo mismo-? Si los encarcelamos, creamos mitos, héroes, resistentes, porque aquí no hay reinserción social. No porque no se persiga, que sí, sino porque no se da. Un diplomático, Y. nos cuenta que la mejor manera de explicar la situación política de Israel es llevar a los críticos con el estado judío a las cárceles. Que hablen con los islamistas presos, que son legión. Cuando salen, lívidos y mudos, se atenúa el criticismo. Cuando menos. Así que la cárcel, aunque es conforme a nuestros valores occidentales, apenas vale malamente para aislar de la sociedad a su cáncer. La otra opción, la letal, la breve y sencilla, la “eliminación”, en cualquiera de sus formas. Si los ejecutamos, damos un aviso a navegantes, cumplimos la función de extraer el cáncer podrido del cuerpo sano; lo malo, creamos mártires, y peor aún, nuestro Occidente moral se degrada un poquito más.
Aunque quizás quepa la tercera vía. Quizás se pueda dialogar, reinsertar y convencer con flores de que eso de poner bombas y exterminar al vecino está muy, pero que muy requetemal. Y a los otros de que lo de defenderse con uñas y dientes, y tratar como perros a sus conciudadanos (¿sabíais que los palestinos de los territorios ocupados tras el 67 no son “ciudadanos”, sino sólo “residentes”?), pues no pega bien en la foto. Tenemos mucho que aprender de nuestros Kissinger españoles. Pero el chiste no nos evita el dilema moral. Por eso prefiero poneros la foto de la hermana R., haciendo hostias para los sagrarios de toda Tierra Santa. Es algo lleno de pureza entre tanta escoria.
Pablo
